martes, 16 de junio de 2009

PORQUE NO ME AVERGÜENZO DEL EVANGELIO









"Porque no me avergüenzo del evangelio, porque es poder de Dios..."
Romanos 1:16

Que extraña y distante parece esta categórica afirmación del Apóstol Pablo en el día de hoy. Extraña, puesto que parece ser desconocida para muchos líderes espirituales que, avergonzados del evangelio, incertan una serie de aditivos carnales y mundanos al mismo intentando atraer con ello a toda clase de gente que busca afanosamente la satisfacción de sus propios deseos. Estos temen predicar el evangelio puro y santo para no ser rechazados por el mundo. Tal parece que consideran que el evangelio sin mezcla no tiene poder suficiente en si mismo para salvar al perdido. Debido a ello estas palabras de Pablo suenan extrañas en sus oídos acostumbrados a escuchar la adulación y aceptación de los hombres y no el sabio consejo del Señor dado por medio de su Palabra. Y como no están escuchando al Señor lo que sale de sus bocas no es la voluntad de Dios para el hombre, sino más bien, la voluntad del hombre para el hombre.

Suena también distante esta afirmación de Pablo, porque muchos creen que hay que modernizar el evangelio y hacerlo aceptable para la gente del siglo XXI. Esto trae consigo la contemporización con la cultura, la filosofía y el sistema de este mundo. Aparentemente estas personas creen que el evangelio es una especie de moda que debe adaptarse a los tiempos en que vivimos. De esta forma, tomando principios de la sicología y la sociología entre otras, determinan como y que entregar del evangelio a las diferentes segmentos de la sociedad en que viven. Todo, por supuesto, en función de las "necesidades" de cada estrato en particular. Y esto no tiene que ver con la forma sino con el fondo llegando a minar el mismo contenido del evangelio. Un ejemplo de ello son las misiones mundiales. Estas están definidas más por los antropólogos y los sociólogos que por los teólogos. Se supone que esta generación esta constituida por personas que viven bajo la presión constante del tiempo y que corren de un lado a otro para lograr hacer todo lo que requieren. Por ello, concluyen los modernos líderes espirituales, la predicación tiene que ser corta, dinámica y motivacional. Al respecto una declaración de uno de ellos que, al acercarse el comienzo de un nuevo año se dispuso mejorar el año que entraba, "Eso significa desperdiciar menos tiempo escuchando sermones largos y pasando mucho más tiempo en la preparación de sermones cortos" añadió "He descubierto que la gente está dispuesta incluso a perdonar una teología deficiente con tal que pueda salir antes del mediodía" (citado en "Avergonzados del Evangelio" por John MacArthur, Ed. Portavoz, 2001, pag. 10). Además debe ser dinámica, puesto que la gente se aburre con exposiciones demasiado teológicas y profundas del evangelio, por tanto se debe poner el énfasis en la pedagogía, es decir, en la forma más que en el contenido para mantener a la gente interesada. Y, de todas maneras debe ser motivacional, porque las personas necesitan recibir aliento en medio de la presión y el estrés al que se ven sometidos por el ritmo de vida que llevan. Por consiguiente, hablar del pecado, de condenación, de la depravación total del hombre, del infierno, está totalmente prohibido para los líderes eclesiásticos de la actualidad. Pareciera que todas estas doctrinas, que son inherentes al evangelio, son parte del pasado remoto y deben desaparecer de los púlpitos.

Sin embargo, la declaración autoritativa del apóstol pablo sigue firme y la razón que él da, inspirado por el Espíritu Santo, es una bendita realidad "Porque es poder de Dios". Literalmente, "es dinamita de Dios". Esto es así porque procede de Dios, nace en la mente perfecta del Todopoderoso. El Bendito Hijo de Dios es la manifestación y la consumación del mismo y el Espíritu Santo es el que lo aplica al corazón del hombre sin esperanza. Es válido preguntarse entonces ¿necesitará Dios de nuestro ingenio y sabiduría para hacer que su evangelio cumpla el propósito para el cual lo envió? la respuesta es obvia, en absoluto. El evangelio por si mismo es suficiente porque Dios es quien lo ideó, Dios lo ejecutó y Dios lo aplica, produciendo con ello fruto de salvación en todo corazón dispuesto donde este es sembrado. Es suficiente porque como dinamita de Dios destruye todos lo argumentos, justificaciones, barreras y falsas seguridades que están anidadas en el rebelde y orgulloso corazón de cada hombre. Primeramente deja en la más absoluta indefención al ser humano evidenciando su verdadera condición y su consiguiente incapacidad de salvarse por si mismo recurriendo a sus propios recursos. De esta manera le muestra que es merecedor de la justa ira de Dios y es imposible escapar de ella (Ro. 1-3). Así, el evangelio lleva al hombre a mirar su propio corazón y reconocer su terrible realidad delante del Santo de los Santos. Ahora puede ver con claridad que nada bueno hay en él y que todo lo que haga nunca podrá satisfacer la perfecta justicia de Dios. Esto ha de llevar al arrepentimiento, que implica un cambio de mente, de corazón y de voluntad respecto del pecado.

Todo esta convicción de pecado y de la necesidad del hombre delante de un Dios Santo es producto de la obra del Espíritu Santo en el corazón de cada hombre hecha a partir de la exposición del evangelio. Por tanto, no es necesaria la elocuencia, el carisma, los métodos, las estrategias y la capacidad de convencimiento del predicador. El evangelio por si mismo es suficiente porque es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree. Bajo esta perspectiva bíblica ¿Será necesario conocer el perfil sicológico de una persona o el sociológico de un grupo de personas para que el evangelio puede producir frutos? De ninguna manera.


El evangelio también es poder de Dios para llevar al hombre arrepentido a los pies del Señor Jesucristo. Esta obra de Dios que abre los ojos del pecador perdido y le muestra a Cristo como su única oportunidad de salvación es la fe. Dicha fe es la expresión de la gracia de Dios ofrecida al hombre para tomar esa salvación tan necesaria que igualmente está basada en la obra de Dios en Cristo. Una vez más nos preguntamos ¿Será necesaria la intervención de algún predicador y su metodología para llevar a las personas a los pies de Cristo? De ninguna manera. la única responsabilidad del predicador es exponer el evangelio sin aditivos de ninguna especie, clara y rotundamente, sin temor al rechazo o el deprecio de la gente, Pablo lo diría así "Así que, hermanos, cuando fui a vosotros para anunciaros el testimonio de Dios, no fui con excelencia de palabras o de sabiduría. Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado. Y estuve entre vosotros con debilidad, y con mucho temor y temblor; y ni mi palabra ni mi predicación fue con palabras persuasivas de humana sabiduría, sino con demostración del Espíritu Santo y de PODER (de Dios), para que vuestra fe no este fundada en la sabiduría de los hombres, sino en el PODER DE DIOS" (1 Co. 2:1-5).


Es, por tanto, el poder de Dios que convence y convierte al pecador. Es Jesucristo el autor y consumador de la fe y es el Espíritu Santo el que regenera al hombre y lo transforma conforme a la imagen del glorioso Hijo de Dios. ¿Donde está, pues, la necesidad de la intervención del hombre? ¿Que rol juegan en esto las estrategias, métodos y nuevos paradigmas que nacen en la mente del hombre? son absolutamente irrelevantes.

En una ocasión le preguntaron a un pastor cuantas personas había ganado para Cristo en el transcurso del año, y el respondió "ninguno", el hermano que lo interrogaba un poco contrariado le replicó "pero como puede ser esto si usted es pastor a tiempo completo en la obra y se supone que esa es su principal tarea" a lo que el pastor respondió "no, hermano, no he ganado a nadie para Cristo porque el Señor me mandó a predicar el evangelio a toda criatura esa es mi tarea y responsabilidad, es el mismo Señor por su Espíritu el que trae a las personas que escuchan a los pies de Cristo". Esa es la filosofía realmente bíblica, nadie puede "ganar" a alguien para Cristo, arrogarse esa prerrogativa es equivalente a ocupar el lugar y el rol que le corresponde al Espíritu de Dios, y jamás quisiera estar en esa posición.


El evangelio sin mezcla, y sin la ayuda de la sabiduría, las estrategias y el ingenio del hombre, es, por si mismo, suficiente. Si estudiamos la historia de la iglesia podemos apreciar que los grandes avivamientos vinieron cuando el evangelio se predicó puro, sin mezcla, buscando la gloria de Dios antes que el bienestar de los hombres. Jonathan Edwards, Carlos Spurgeon, los Wesley, Jorge Whitfield entre otros se levantaron como portavoces de Dios en medio de una generación maligna y, como buenos atalayas del Todopoderoso, advirtieron, amonestaron y confrontaron al hombre pecador por medio del evangelio, y el Señor derramó de su Espíritu trayendo salvación a miles. ¿Cuál fue su estrategia? sólo predicar el evangelio.




El evangelio no es una moda ni depende, en lo más mínimo, de la sabiduría y el ingenio de los hombres. Es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree. El problema está en quienes hemos sido llamados a predicarlo. La falta de valor e integridad en los siervos del Señor le han conducido por la senda de la contemporización con el mundo. Esto ha sido lo que ha transformado la vida de la iglesia en un verdadero circo de entretención, un espectáculo deplorable y al gusto del consumidor. El evangelio es la vida de la iglesia y de su centralidad en el culto depende la integridad y el progreso de la obra del Señor. Es bueno recordar las palabras de Spurgeón pronunciadas hace unos siglos atrás, pero que, no obstante, son tan pertinentes en la actualidad como lo fueron en aquel tiempo:
"No obstante, seguro debe haber alguien que esté dispuesto a echar fuera el amor pérfido a la paz mentirosa, y a hablar con denuedo por la causa de nuestro Señor y por su verdad. Un espíritu cobarde está sobre muchos, y sus lenguas están paralizadas.
¡Oh, cuánta falta hace un estallido de fe verdadera y celo santo!
"La Controversia del Declive" p. 76
Doulos